Archivo mensual: noviembre 2020

Apuntes y notas para reflexionar

Extracto del Libro Fábrica de Cretinos Digitales, de Michel Desmurget:

Por tanto, hay que contemplar a los coristas de discursos vacíos
como lo que realmente son: vendedores de humo. Y que nadie
venga a decirme que mi afirmación es arrogante. Arrogante es
presentarse a sí mismo como «experto» cuando en el propio bagaje
intelectual no se tiene más que algunos juicios incompletos y
parciales. Arrogante, por ejemplo, es afirmar pedantemente que «la
dimensión liberadora y catártica [sic] de los videojuegos es muy
importante para los jóvenes»,95 pese a que hace decenios que
centenares de estudios sobre el tema están desmintiendo esta
hipótesis de la catarsis.96-100 Arrogante (o despectivo, me atrevería
incluso a decir) es sostener, cuando un periodista te pregunta si la
televisión es nociva para el sueño, «[que] no hay ningún estudio que
lo demuestre realmente»,101 para acabar firmando dieciocho meses
más tarde, junto con otros autores, un informe académico que indica
justo lo contrario (y que, por cierto, se ha elaborado a partir de otros
estudios que ya estaban disponibles en el momento en que se negó
ese efecto).102 Arrogante, en el fondo, es envolverse en un halo de
sabiduría y autoridad sin tener en cuenta el avance de las
investigaciones en una materia dada. Arrogante, en suma, es
presentar como conocimiento un mero puñado de opiniones
personales.

En el caso de las pantallas que aquí nos
ocupan, el sentido común no nos permitirá darnos cuenta de que
dedicarse a los videojuegos después de haber hecho los deberes
del colegio interfiere en el proceso de memorización,106 como
también ocurre con la exposición repetida a las radiofrecuencias que
emiten los teléfonos móviles.107 Y, por poner un último ejemplo,
nuestro querido sentido común se olvidará igualmente de indicarnos
que la omnipresencia de los contenidos violentos en la televisión no
es consecuencia de una supuesta ansia de dolor y amargura por
parte del espectador, sino de una voluntad comercial deliberada:
este tipo de escenas estresan el cerebro y, de ese modo, lo ayudan
en buena medida a memorizar las pausas publicitarias que se
insertan en los programas que vemos.100,108-109

En definitiva, aludir al sentido común para dar una fachada de
credibilidad a lo que no son más que opiniones intuitivas constituye
una estafa intelectual pura y dura. Insisto: es totalmente legítimo
tener opiniones y debatir acerca de ellas con quien nos parezca. Lo
inadmisible es confundir opinión, sentido común y saber. Les guste o
no a los demagogos y a los detractores del elitismo, el experto es
aquel que domina los conocimientos esenciales de su ámbito. Hay
que «pensar por sí mismo», nos dice Vanessa Lalo. ¿Y quién está
diciendo lo contrario? Sin embargo, para tener aunque solo sea un
embrión de pensamiento congruente es necesario disponer de un
saber preciso sobre el que apoyarse. Pensar en el vacío no es
pensar: es divagar. ¿Cómo hablar de forma inteligente acerca del
cambio climático, por ejemplo, si no se conoce nada acerca de
climatología? La idea misma es absurda. Antes de revolucionar sus
respectivos ámbitos, Picasso, Newton, Einstein, Kepler, Darwin o
Wegener se pasaron decenios digiriendo el trabajo de sus
predecesores. Fue esa paciente labor, y solo ella, la que permitió a
todos estos autores pensar, primero, pensar por sí mismos,
después, y, finalmente, pensar de un modo distinto. ¿Acaso no
decía Newton que si había podido ver más allá que sus
contemporáneos era precisamente porque se había subido a los
hombros de los gigantes que lo habían precedido?

una cuarta propuesta,
que me parece más prometedora: ¡informar! La idea, pues, ya no es
controlar, legislar, prohibir o amenazar, sino alertar y comunicar. Hay
que denunciar abiertamente los discursos falaces de los lobistas
corruptos. Hay que explicarles a los padres, a los periodistas, a los
políticos y a los ciudadanos en general qué es lo que se sabe
exactamente en la actualidad; exponerles, por supuesto, las
cuestiones aún dudosas, pero también los espacios de certeza (que
son más amplios de lo que se cree). Evidentemente, algunos se
negarán —por convicción, obstinación, intereses o falta de honradez
— a aceptar los hechos que se les presenten, pero quiero pensar
que no serán la mayoría. Me atrevo a confiar en que el cuerpo
social, en su conjunto, y por encima de las diferencias que lo
recorren, se preocupa por el futuro de sus hijos. Porque, como decía
de un modo muy hermoso Neil Postman, hace ya más de treinta
años, «los niños son el mensaje vivo que enviamos a un futuro que
no podremos ver».114

Pero es posible que al confiar así esté siendo algo ingenuo. Se
me ocurrió pensarlo hace poco, tras una breve conversación que
mantuve con un político francés que ejercía un cargo a nivel
nacional. He de señalar, en su defensa, que aquel señor salía de un
cóctel en el que, por lo que parece, había consumido algo más que
agua. Se suele decir que el alcohol desinhibe, y seguramente es
verdad. En fin, después del bla-bla-bla habitual acerca de los
beneficios de los dispositivos digitales, poco a poco la conversación
fue transcurriendo del siguiente modo: *

—Yo: Todos los estudios demuestran una importante reducción de
las competencias cognitivas de estos jóvenes, desde el
lenguaje hasta la capacidad de atención, pasando por los
conocimientos culturales y fundamentales más básicos. Y, como
ya sabemos, sobre todo gracias a los informes PISA, la
digitalización de los colegios no hace más que empeorar la
situación.
—Él: Se habla de la economía del conocimiento, pero se trata de
algo minoritario. En el futuro, más del 90 % de los empleos
serán de escasa cualificación, en los sectores de ayuda a las
personas dependientes, servicios, transporte, limpieza del
hogar… Para estos puestos tampoco hacen falta personas muy
formadas.
—Yo: ¿Y entonces para qué hacer que todos estudien una carrera
universitaria, si van a terminar como dependientes en
Decathlon?
—Él: Pues porque un estudiante sale más barato que un parado y
está más aceptado socialmente. Todos conocemos ya el nivel
de esos títulos. Son solo de cara a la galería. No hay que ser
ingenuos. Además, cuanto más tiempo estén en la universidad,
más nos ahorraremos en pensiones. *

Quiero pensar que aquello no era más que una estúpida
bravuconada. Sí, lo confieso: me cuesta creer que exista una
voluntad deliberada de idiotizar a las masas. Pero ¿por qué no
habría de ser cierto? Después de todo, como sostenía Jean-Paul
Marat, «para encadenar a los pueblos, hay que empezar por
adormecerlos»…115 Y qué mejor somnífero que esta orgía de
pantallas lúdicas que, como veremos en detalle, va corroyendo poco
a poco el desarrollo más íntimo del lenguaje y del pensamiento.

Y bueno, para abrir boca, creo que es suficientemente desalentadora y reveladora toda esta información extractada de este magnífico libro, en sucesivas entradas posiblemente vaya incluyendo nuevas anotaciones, pero recomiendo vivamente su adquisición y lectura, no tiene desperdicio, sobre todo si queremos hacer consciencia de la forma en que una élite desalmada está idiotizando, aborregando y haciendo progresiva e imparablemente, más imbécil a los que, en circunstancias más normales, evolutivamente lógicas, serían las pilares del futuro de nuestra actual humanidad…. ¡triste futuro nos espera si éstos que ahora están «educando» nuestros políticos y lobistas desalmados, llegan a ocupar puestos de relevancia…, Dios nos pille preparados

Hasta la próxima

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